martes, 4 de junio de 2013

Apagando luces

Amanecí con un montón de imágenes en la cabeza.  En algún momento me vi en una casa muy grande, con montones de cuartos y saturada de adornos... me recordó a la casa de Richard en San Marcos.  Casi todos los adornos tenían que ver con la Navidad; incluso había varios pinos decorados por los distintos cuartos que visitaba de la mano nada menos que de Vicente Fernández.

Vicente me llevaba por todas las habitaciones, apagando luces, desconectando los pinos navideños y hablando de continuo sobre no recuerdo qué... sólo que no se callaba.  No recuerdo su voz, pero recuerdo sentirme acompañada, cómoda y hasta contenta por estar en ese lugar.  Me recuerdo pensando: "Si mi mamá estuviera aquí, ya habría tirado a la basura todo este mugrero".

En algún momento abrí una puerta y entré en una habitación oscura donde había montones de fierros. Parecía maquinaria para no sé qué proceso.  Había mucho metal y era oscuro y polvoriento.  Me recuerdo caminando de la mano del hombre de la montaña.  Al fondo de las habitaciones oscuras se veía una luz intensa, como de verano en Monterrey.  El hombre de la montaña y yo caminábamos con más gente hacia una mesa en plena banqueta, esperando que nos sirvieran un té.  No nos soltamos de la mano y durante todo el tiempo rozábamos los pies descalzos bajo la mesa.

A lo lejos, la alameda...y no cualquiera... la Alameda Mariano Escobedo.  De lejos veía árboles altos, llenos de follaje, con hojas que parecían pezuñas de vaca.  Ondeaban y nosotros caminábamos por la avenida como si fuera paseo de peatones.  Caminábamos tomados de la mano como si fuera lo más natural del mundo.  Seguí caminando y dejé de sentir su mano, pero no me detuve. Y así, caminando, desperté...


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