sábado, 13 de julio de 2013

¡Despierta!

Pasé por muchas de las cosas que hemos hecho juntos: conversaciones, juegos, visitas, paseos... sólo que en esta ocasión hacíamos todo sin él.  Yo sabía que estaba enfermo y supongo que era una especie de homenaje a su presencia.

Sonó mi teléfono y era él.  Yo iba en el coche con mis papás y llevaba el teléfono en altavoz.  "Quiero decirte algunas cosas antes de irme", me dijo.  Pregunté si quería decirlas delante de todos y dijo que quería hablar con cada uno por separado.  Nos bajamos del coche y ya no eran mis papás quienes estaban conmigo, sino Jorge y Alejandro.

Con la respiración entrecortada y una voz susurrante, habló de agradecimientos y disculpas.  Yo lloraba con tanta desesperación que no escuché nada de lo que me dijo.  Él seguía hablando y yo lloraba con más intensidad.  Los otros me veían y tocaban mi cuerpo como en intentos de abrazo, pero no decían nada.  "Sólo te permito que me hables así y digas tantas pendejadas porque de verdad estás bien jodido", le dije.

En cuanto colgamos, los tres seguimos caminando y yo no dejaba de llorar.  Supongo que me harté de pronto, porque comencé a correr en dirección a una iglesia que parecía más un castillo.  Había gente sentada en el atrio y en las escaleras; gente mal vestida, obviamente incómoda y que me veían como preguntándose por qué yo iba vestida así.  Me vi calzando tacones altos y un vestido corto, pero con vuelos en color azul eléctrico.  Yo no era yo.  Mi cabello era más corto y claro, casi rubio, y estaba maquillada diferente.

Salté a las personas que esperaban en el atrio y abrí la puerta de lo que parecía ser una torre.  Subí las escaleras en una carrera y entré en la capilla.  Había un ataúd decorado en oro y rojo y sobre él había una figura de madera como un santo que tenía su cara.  Estaba muerto.  Todo el llanto que me quedaba se transformó en furia y me llevó a pararme frente al ataúd, viendo siempre la cara del santo y sus ojos cerrados.

Comencé a gritar furiosa, siempre la misma palabra: "¡Despierta!".  Grité muchas veces y empecé a golpear el ataúd.  Seguí un tiempo ladrando la misma orden y, de pronto, el santo abrió los ojos.   "Eso significa que volvió", dijo una mujer a mi lado.  "Abran el ataúd".  Y dirigiéndose a mí, dijo: "Lo trajiste de vuelta".  Se acabó la furia, dejé de llorar y me senté rendida sobre la primera banca que encontré.


viernes, 12 de julio de 2013

Tatuajes...

Hoy me visitó Celsy en sueños.  Decidimos hacernos un tatuaje y para ello hacíamos filas durante horas.  Ella pidió tatuarse un calendario para poner las fechas de nacimiento y muerte de su gatita Crepa.  Vi cómo el tatuador hacía las primeras marcas en su piel y pensé en mi propio tatuaje y sentí miedo de que las marcas se borraran.  Vi mis piernas y mis brazos y estaban cubiertas de diseños en negro;  símbolos, dibujos, palabras, todo sobre mi piel.  Me sentía orgullosa de cada uno.

El tatuador tomó un descanso e íbamos mientras a la cocina de mis papás;  había un pato bebé deambulando por la sala y buscaba salir a la cochera que habíamos convertido en estanque.  Metí los pies en el agua y acompañé al pato en sus piruetas.  Me recuerdo presumiendo a mis papás los logros del pato, cuando sentí la necesidad de ir al patio.

Pasé por un par de habitaciones que no reconozco y abrí la puerta para salir.  Vi al dragón revoloteando por el cielo, serpenteando hacia arriba y hacia abajo como buscando alcanzar a mis perras.  Corrí hacia ellas para meterlas en casa y, a pesar de mis esfuerzos, abrió la boca y se tragó a Camila de un bocado.   Giré hacia la casa, rumbo a la entrada y me paré en seco.

"No vi que la masticara", pensé.  Así que llamé al dragón agitando los brazos y cuando abrió la boca hice algo que no recuerdo para hacerlo vomitar.  El dragón hizo un par de arcadas y de pronto escupió a Camila, que se quedó en el piso hecha un ovillo chorreado de babas.

Corrí hacia ella, la cargué en mis brazos y la metí a la casa.  Noté algunas heridas y pensé que estaba muerta, pero levantó la cabeza y comenzó a chuparme la cara.

Oí voces en la cocina y regresé para ver si podíamos continuar con el tatuaje.  Mi mamá decidió tatuarse también y esperábamos ahora las tres al tatuador que llegó corriendo y medio dormido.  Vació la tinta en una cacerola y la vi hervir hasta que empezó a oler a quemado.  Había echado a perder la tinta y le recriminábamos el desperdicio. Sacó de su bolsa otro bote y retomó el tatuaje de Celsy.  Me recuerdo tomándola de la mano y distrayéndola para hacerla reír y distraerla del dolor.


miércoles, 10 de julio de 2013

Sólo con los ojos...

Emilio se había graduado y festejábamos en el jardín de la casa.  Estaba lleno de gente y caminábamos apretados en lo que parecía una kermés en la que los invitados hacían fila para servirse comida y pagar por ella.

Llegué a la mesa en que estaba mi familia y Emilio extendió hacia mí un plato de cartón.  Platicábamos mientras veíamos a un grupo tocar una pieza familiar.  La reconocí de pronto y le dije a mi papá: "Si alguien me pregunta sobre una canción que me recuerde a ti tocando, diré que ésa: San Juan de Letrán".

Dejé la mesa y caminé de nuevo por entre la gente, esta vez con Manuelita a mi lado.  Pasamos frente a una ventana y vi mi reflejo sobre ella.  Pensé en lo bonita que me veía, estudié los rasgos de mi cara y concluí que me gustaban.  Caminamos de nuevo y vimos al fondo a un grupo de gente vestida de blanco hablando una lengua  extraña.  "Son polacos", dijo Manuelita.

Se acercó a mí uno de ellos y no dejaba de mirarme a los ojos, mientras se dirigía a mí en una lengua de la que yo no reconocía una sola palabra.  Era moreno´con el cabello castaño claro y largo, las cejas pobladas y oscuras y los ojos verdes.  Vestía de blanco como los otros, lo que resaltaba el color de su piel.  No dejaba de seguirme ni de hablar y recuerdo lo frustrante que era escucharlo y no entender lo que me decía.  Le pregunté en inglés si hablaba inglés o español y dijo que no. "Entonces, ¿cómo vamos a hablarnos?", le pregunté.  Y el dijo: "Sólo con los ojos".


martes, 9 de julio de 2013

Hojas de árboles, hasta para comer

Había muchos árboles y era de noche; podía escuchar el batir de las hojas movidas por el viento. De pronto, un búho que llevaba un hilo a manera de correa volaba hacia mí, pero al no tener el hilo suficiente longitud, quedaba suspendido, como muerto, a unos pasos de mi cabeza. Caminaba hacia la puerta y al entrar me encontré en la casa de mis abuelos.

Estaba amaneciendo y sabía que en la casa estaban mi madre, mi hermano y mis abuelos.  Todos dormían menos yo.  Sentí la imperiosa necesidad de ver a mi abuelo y caminé a su recámara, pero no estaba ahí.  Ninguno de los dos parecía estar por ninguna parte a pesar de haver en las mesas y en el suelo señales de su presencia (sábanas revueltas en el piso, platos con comida, luces encendidas.

Mi madre apareció en el umbral de la puerta y me dijo que mi abuela se lo había llevado a guardar, porque estaba enfermo.  Buscaba ahora a mi hermano y tomándo su meñique con el mío, lo hice que prometiéramos no comer más dulces.  Dudó un momento, pero finalmente aceptó.

En una escena distinta, Lorena leía sobre una mesa y al pasar comentamos sobre los comentarios y quejas que Elida prodigaba cada vez que leía algún libro que nuestro grupo definía.  Hablamos sobre la importancia de ser agradecido y callarse la boca para quejarse: "a nadie le interesa oir que el mundo es malo contigo".  Rodeé la desa y me encontré brincando para acostarme sobre una cama individual en la que estaban ya mi hermano, Elena y su nueva mujer y mi mamá.  A lo lejos mi papá leía materiales de sscuela sobre una mesa, frente a la televisión.

Les referí la anécdota de las hojas, mientras esperaba la hora de la reunión del club de lectura.  Les contaba que tuve una rana a la que quería conservar como mascota, pero no era posible así que mi madre la regaló a una vecina.  Siempre me preocupé por su destino y pensaba en cómo le había fallado al no procurarle una vida feliz. Hasta que pasé por casa de la vecina y vi su jardín, con un estanque enorme en el que mi rana brincaba, en mejores condiciones en las que yo hubiera podido tenerla.  Dejé de preocuparme.  Les conté también que había leído un libro con una frase similar a la que Emilio usaba: me como hojitas de árbol, pero cago hojas de palma.

Alguien pedía escuchar música de Amanda Miguel y ése fue el detonador para llamar a Erika y pedirle que nos viéramos ya.  Me dijo que estaba lista y salí de la casa a encontrarme con ella.


sábado, 22 de junio de 2013

Camino de alfileres

Desperté y puse un pie en el suelo.  Todo estaba lleno de alfileres.  Recorrí la habitación y todo lucía tal como lo dejé anoche, excepto por que el piso de ésa y todas las demás habitaciones estaba cubierto por lo que parecía un alfombra interminable de alfileres y agujas de distintos colores y tamaños.  Necesitaba ir al baño y alguien tomaba mi mano desde la cama invitándome a permanecer en ella y evitar el dolor en mis pies.

Me decidí a caminar hacia el baño, pisando con cuidado y, para mi sorpresa, los alfileres no me lastimaban.  Eran fríos, duros y poco estables, varias veces sentí que me resbalaría sobre ellos, pero cada paso me permitió ganar confianza y llegar hasta la puerta.  Miré hacia la cocina, hacia la sala...todo igual...y los alfileres en el suelo.

"Vas a picarte los pies", me dijo la voz que descansaba en mi cama... "Sí", dije... "Pero no voy a dejar de caminar por un poco de dolor".  Desperté.


miércoles, 19 de junio de 2013

El encanto de lo roto

Amanecí con la ferviente idea de repasar mi sueño, de modo que los detalles se adhirieran a mi memoria y tuviera al menos trozos que documentar;  sin embargo, por más que me esfuerzo, no puedo recordar  más que algunas caras y la terrible sensación de angustia y culpa.  ¿Será que eso es lo rescatable de los sueños? ¿Las sensaciones que permanecen en nosotros? ¿Las "basuritas en el ånimo?

Había un salon grande con una mesa en el centro con dos sillas en un costado y una silla en el otro, acomodadas para un interrogatorio.  En la silla sola estaba una mujer morena de cabello liso, negro y lustroso que me miraba detras de unos lentes inmensos y me preguntaba sobre los síntomas y lapsus de olvido de ML y yo me veía forzada a hablar de todo con detalle.  Sabía que todo terminaría con ella en una clínica, sola y atendida por alguien que no sería yo.  Me sentía terriblemente culpable por decir la verdad.

Yo quería que me dejaran cuidarla como si estuviera pagando una deuda por hacerlo... y eso me recuerda mi revelación de hace unos días... una especie de epifanía.  Alguien me prestó los libros de 50 Shades of Grey.  Independientemente de la parte erótica y de la muy entretenida jornada por el BDSM, los libros están llenos de lugares comunes. Pero en eso no consiste mi revelación.  El personaje principal, Christian Grey, es un hombre severamente dañado desde la configuración.  Tuvo una infancia de abandono y maltrato y ha alcanzado el éxito profesional, pero es un controlador obsesivo, celoso y abrazador que a mí, como a la protagonista del libro, le resulta de lo más seductor.  La lastima física y emocionalmente y después hace alguna cosa que lo redime y el juego empieza de nuevo.  Pensé en Marc... y pensé en mí.

¿A quién le debo rescatar a los rotos y dejarlos romperme?  Yo me reconstruyo siempre, pero ¿qué necesidad tengo de pasar por el desgarre? ¿Por qué resulta tan atractivo alguien vulnerado?  Algo en qué pensar...


martes, 4 de junio de 2013

Apagando luces

Amanecí con un montón de imágenes en la cabeza.  En algún momento me vi en una casa muy grande, con montones de cuartos y saturada de adornos... me recordó a la casa de Richard en San Marcos.  Casi todos los adornos tenían que ver con la Navidad; incluso había varios pinos decorados por los distintos cuartos que visitaba de la mano nada menos que de Vicente Fernández.

Vicente me llevaba por todas las habitaciones, apagando luces, desconectando los pinos navideños y hablando de continuo sobre no recuerdo qué... sólo que no se callaba.  No recuerdo su voz, pero recuerdo sentirme acompañada, cómoda y hasta contenta por estar en ese lugar.  Me recuerdo pensando: "Si mi mamá estuviera aquí, ya habría tirado a la basura todo este mugrero".

En algún momento abrí una puerta y entré en una habitación oscura donde había montones de fierros. Parecía maquinaria para no sé qué proceso.  Había mucho metal y era oscuro y polvoriento.  Me recuerdo caminando de la mano del hombre de la montaña.  Al fondo de las habitaciones oscuras se veía una luz intensa, como de verano en Monterrey.  El hombre de la montaña y yo caminábamos con más gente hacia una mesa en plena banqueta, esperando que nos sirvieran un té.  No nos soltamos de la mano y durante todo el tiempo rozábamos los pies descalzos bajo la mesa.

A lo lejos, la alameda...y no cualquiera... la Alameda Mariano Escobedo.  De lejos veía árboles altos, llenos de follaje, con hojas que parecían pezuñas de vaca.  Ondeaban y nosotros caminábamos por la avenida como si fuera paseo de peatones.  Caminábamos tomados de la mano como si fuera lo más natural del mundo.  Seguí caminando y dejé de sentir su mano, pero no me detuve. Y así, caminando, desperté...