El tatuador tomó un descanso e íbamos mientras a la cocina de mis papás; había un pato bebé deambulando por la sala y buscaba salir a la cochera que habíamos convertido en estanque. Metí los pies en el agua y acompañé al pato en sus piruetas. Me recuerdo presumiendo a mis papás los logros del pato, cuando sentí la necesidad de ir al patio.
Pasé por un par de habitaciones que no reconozco y abrí la puerta para salir. Vi al dragón revoloteando por el cielo, serpenteando hacia arriba y hacia abajo como buscando alcanzar a mis perras. Corrí hacia ellas para meterlas en casa y, a pesar de mis esfuerzos, abrió la boca y se tragó a Camila de un bocado. Giré hacia la casa, rumbo a la entrada y me paré en seco.
"No vi que la masticara", pensé. Así que llamé al dragón agitando los brazos y cuando abrió la boca hice algo que no recuerdo para hacerlo vomitar. El dragón hizo un par de arcadas y de pronto escupió a Camila, que se quedó en el piso hecha un ovillo chorreado de babas.
Corrí hacia ella, la cargué en mis brazos y la metí a la casa. Noté algunas heridas y pensé que estaba muerta, pero levantó la cabeza y comenzó a chuparme la cara.
Oí voces en la cocina y regresé para ver si podíamos continuar con el tatuaje. Mi mamá decidió tatuarse también y esperábamos ahora las tres al tatuador que llegó corriendo y medio dormido. Vació la tinta en una cacerola y la vi hervir hasta que empezó a oler a quemado. Había echado a perder la tinta y le recriminábamos el desperdicio. Sacó de su bolsa otro bote y retomó el tatuaje de Celsy. Me recuerdo tomándola de la mano y distrayéndola para hacerla reír y distraerla del dolor.

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