Estaba amaneciendo y sabía que en la casa estaban mi madre, mi hermano y mis abuelos. Todos dormían menos yo. Sentí la imperiosa necesidad de ver a mi abuelo y caminé a su recámara, pero no estaba ahí. Ninguno de los dos parecía estar por ninguna parte a pesar de haver en las mesas y en el suelo señales de su presencia (sábanas revueltas en el piso, platos con comida, luces encendidas.
Mi madre apareció en el umbral de la puerta y me dijo que mi abuela se lo había llevado a guardar, porque estaba enfermo. Buscaba ahora a mi hermano y tomándo su meñique con el mío, lo hice que prometiéramos no comer más dulces. Dudó un momento, pero finalmente aceptó.
En una escena distinta, Lorena leía sobre una mesa y al pasar comentamos sobre los comentarios y quejas que Elida prodigaba cada vez que leía algún libro que nuestro grupo definía. Hablamos sobre la importancia de ser agradecido y callarse la boca para quejarse: "a nadie le interesa oir que el mundo es malo contigo". Rodeé la desa y me encontré brincando para acostarme sobre una cama individual en la que estaban ya mi hermano, Elena y su nueva mujer y mi mamá. A lo lejos mi papá leía materiales de sscuela sobre una mesa, frente a la televisión.
Les referí la anécdota de las hojas, mientras esperaba la hora de la reunión del club de lectura. Les contaba que tuve una rana a la que quería conservar como mascota, pero no era posible así que mi madre la regaló a una vecina. Siempre me preocupé por su destino y pensaba en cómo le había fallado al no procurarle una vida feliz. Hasta que pasé por casa de la vecina y vi su jardín, con un estanque enorme en el que mi rana brincaba, en mejores condiciones en las que yo hubiera podido tenerla. Dejé de preocuparme. Les conté también que había leído un libro con una frase similar a la que Emilio usaba: me como hojitas de árbol, pero cago hojas de palma.

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